Una conversación en un taller de carpintería cambió nuestra forma de entender el mobiliario.
En 2018, un arquitecto frustrado y un ebanista inconformista decidieron colaborar en un proyecto aparentemente sencillo: una estantería para un piso de 40 metros cuadrados en el Raval.
El cliente había descartado todas las opciones comerciales. Nada encajaba. Las medidas estándar dejaban espacios muertos o bloqueaban ventanas. Los diseños prefabricados ignoraban la realidad del espacio.
Tomamos medidas exactas. Estudiamos el recorrido de la luz. Preguntamos qué libros guardaba, cómo los consultaba, qué objetos quería exhibir.
El resultado fue una pieza que parecía haber nacido con el edificio. Aprovechaba un hueco irregular bajo una viga, incorporaba iluminación indirecta y creaba zonas de exhibición a diferentes alturas.
Ese proyecto definió nuestro método. Cada encargo comienza con preguntas, no con catálogos. Dibujamos en función de la arquitectura existente. Fabricamos pensando en décadas, no en temporadas.
Desde entonces hemos completado más de 300 proyectos residenciales en Barcelona, Valencia y Madrid. Cada uno diferente. Cada uno resolviendo un problema específico que las soluciones industriales no podían abordar.
Trabajamos con madera maciza, no con aglomerados chapados. Los ensambles son visibles. Los acabados envejecen sin degradarse.
Cada decisión estética responde a una función. No decoramos por decorar. Cada detalle tiene un propósito.
No tenemos stock ni plazos industriales. Cada pieza se construye con el tiempo que merece.
Mostramos el proceso. Explicamos costos. Compartimos limitaciones técnicas antes de diseñar.